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Chantal Maillard

Biography

The Spanish poet and philosopher Chantal Maillard (1951) was born in Brussels but moved to Spain as a child and acquired Spanish citizenship on her 17th birthday. Her poetry volume Matar a Platón was awarded the Premio Nacional de Poesía. Maillard is also the author of numerous essays, writes for the cultural sections of various newspapers and has translated work by the French-speaking Belgian writer Henri Michaux. During her two residencies in Belgium she worked on a follow-up to her poetic prose cycle Diarios, in which she searches for the traces of her childhood in Brussels and Flanders.

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Authors' text

Bélgica. Cuarto viaje

La nieve

Nieva. Copos largos, grávidos, como lluvia que hubiese cobrado espesor y que, apenas toca el suelo, recupera su naturaleza líquida. La nieve de Bruselas rara vez cobra cuerpo y, cuando lo hace, se convierte pronto en una sustancia sucia que resbala sobre los adoquines. Las ruedas de los automóviles la apartan formando burletes en las cunetas.

La nieve. Entre la nieve y la lluvia media el tiempo breve en el que una paloma gris se acopla con una paloma blanca en la cornisa de enfrente. Entre la lluvia y la nieve, un aleteo, una distancia. El cielo se resuelve en innumerables fragmentos, ahora leves. Un niño enfermo aparece entre las cortinas de una ventana. Mira caer la nieve.

Intermitentemente, el cielo se derrite y deja caer parte de sí. Alternan filamentos transparentes con trocitos enguatados o, como ahora, peladillas de hielo, granizo fino y regular que desaparece en el alféizar.

De los cables de antena tendidos de un lado al otro de la rue du Vieux Marché aux Grains, a la altura del segundo piso, en el exacto punto medio de la calle y sostenidas por sus cordones atados entre sí, se balancean unas zapatillas de deporte.

Los visillos de la ventana de enfrente están cerrados. El niño del pijama azul ya no está.

Sigue nevando. La nieve se acumula en el tronco de los árboles y las farolas en el sentido del viento. En el lugar del niño enfermo, una niña levanta la cortina y se asoma. Los tejados van adquiriendo el aspecto que tienen en las postales de ciudades bajo la nieve. Abajo, en la calle, algunas sendas de pisadas se entrecruzan. Colgadas del cable ahora blanco y grueso, las zapatillas se balancean con aspecto de zuecos de azúcar. Mañana, cuando amanezca, tal vez pueda volver a oír como cruje la nieve al pisarla, tal vez pueda, como antaño, deslizar en ella los pies, dejando un rastro mojado y oscuro tras de mí.

La hermosura acaso sea aquella reducción operada en lo múltiple; la de la nieve cubriendo con su única blancura el orden abigarrado de este mundo. Acaso la hermosura simplemente sea la sensación de descanso que adviene ante las cosas simples porque nos evitan el esfuerzo de distinguir las diferencias, de medir las distancias o calcular su impacto. La nieve adormece las diferencias y la mente, en su contemplación, se aquieta. No hay sombras cuando nieva. Sin sombra, la eternidad es posible. Por un instante. La eternidad, de ser algo más que un concepto, sólo podría darse en un instante, pues sólo en el instante el tiempo es abolido.

*

La mente empobrecida. Ha dejado de nevar. El sol derrite la nieve que ha quedado al pie de los árboles. En la sombra -hay un lado en sombra, de nuevo, esta mañana- permanece. Cada vez más pobre, la mente; a fuerza de pobreza, cada vez menos mía. Será que la entidad se construye con aquello que podemos recordar. La identidad se fragua en pasado. El material es el aluvión de todo aquello con lo que nos hemos identificado.

*

En la esquina de la rue des Charteux hay una estatua, la de un perro callejero, un zinneke, con la típica oreja caída, la otra erguida. El zinneke no tiene raza; su libertad estriba en no tenerla. Es un individuo cuya resistencia proviene de la mezcla; es el inverso de la pureza. El perro levanta la pata sobre una (borne). Ilustra, mucho mejor que la tradicional figurilla del mannekenpis, la consideración en la que el belga se tiene como individuo mezclado y, por ello, libre de burlarse de cualquier tipo de norma a cuya atención deban sentirse constreñidos aquellos, puros en su ciudadanía, a quienes conciernan.

*

Bajo las zapatillas, sobre los adoquines de la plaza, alguien coloca tres trozos de espejo triangulares. Sentado en el suelo, se dispone a fotografiarlos. Modifica la disposición de los fragmentos, busca el ángulo adecuado. No sé lo que se refleja en los espejos. El fotógrafo no parece advertir la presencia de las zapatillas ni el frenético movimiento que ha emprendido aquella que calzaría a un pie izquierdo. Cuando vuelvo a bajar los ojos, el joven ya no está. Ha dispuesto sus espejos treinta metros más abajo, sobre un banco, en la sombra de un tronco ya sin nieve.

Hoy es miércoles: a los lados de las puertas empiezan a aparecer las grandes bolsas de basura.

*

Pasos en la escalera. Ciertos pasos. Cierta escalera. El sonido de la madera. Una resonancia corta, habitada. La barandilla envolvente. La pared pintada. La escalera como caja protectora. Sonido de otro tiempo. Alguien sube. Estoy al cuidado de mí misma.

*

La nieve ahora no es la nieve que recuerdo. Actúa, sin embargo, de igual manera: se hunde bajo la bota y se convierte en horma mostrando el diseño de la suela, se adelgaza y transparenta entre los dedos con el mismo sonido. Pero no es eso. El sonido, entonces, era más; el agua helada adherida al guante era más; aquella nieve, la nieve era más. Y es que no son las cosas, lo que la memoria retiene, sino todo aquello que comportan. Volver a hallar en la nieve aquello que la nieve señala. Las cosas como señales de algo que quedó atrás.

*

Algunas cosas se ocultaron para mí durante más de cincuenta años. O, mejor dicho, yo me fui. Otros siguieron viviendo entre ellas. El pomo de una puerta, por ejemplo. Un pomo con una determinada forma, la que tienen los pomos en las puertas de las casas bruselenses, las puertas de entonces. Otros siguieron cerrando la mano sobre él, hicieron funcionar su mecanismo sin reparar en eso que le hace especial. Pero el que se va, deja las cosas congeladas en la memoria. Después de medio siglo, si vuelve, las encuentra convertidas en señales.

*

Volver al antes. Cerrar el gran paréntesis. Volver al principio. Antes del desvarío y la elocuencia del error, su despliegue. Antes de la pérdida. Antes.
Y, allí, olvidar.
Olvidar que alguna vez nos fuimos. Que alguna vez se abrió el cauce de las causas y sus efectos.
Aquí, la voluntad en la mano, ofrecida.

*

Al abrir la nevera, una bolsa de papel.
Esto no es un haiku, no. Podría serlo, pero no lo es; es un destello. En las tiendas de comestibles, era costumbre, aquí, entregar las frutas y las verduras en bolsas de papel de color marrón oscuro. Aún lo hacen en algunos comercios. Tiene un sonido peculiar, el papel de aquellas bolsas.
La memoria se agita como bajo el efecto de un impacto, leve. Algo se oprime, en el dentro.

*

Como después de un largo viaje, mi ser -¿mi ser?- ¿cómo decirlo de otro modo?- ¿Decir qué?, ¿yo? No, no es el mí lo que descansa, o tal vez otro, aún inverosímil, invertebrado, antes del deseo. Sí, eso es, antes del deseo. Un latido abierto que se tensaba y se distendía reconociéndose en gestos mínimos que debían ser eternos. Y lo eran.

*

Vuelve a caer la nieve, pero, esta tarde ¡qué extraño! ante un rayo de sol. Como si los tejados y las buhardillas, al otro lado de la calle, fuesen un decorado. Tras él, el cielo, de un azul tenue, y las nubes sonrosadas avanzando, tímidamente alumbradas desde el oeste.

*

Basta con abrir la puerta, desde la calle, y penetrar en el vestíbulo. La condensada atmósfera, el olor de la escalera, la puerta entreabierta del sótano, la curva grácil del pasamano, el crujir de los peldaños... No crujen igual, las escaleras, en las distintas latitudes. Describo.

Escribo con la intención de fijar, de prolongar, de hacer eco. Escribo el destello. El antes en el ahora. No podéis reconocerlo. Nada que no se haya tenido y perdido alguna vez puede reconocerse. Tan sólo la distancia entre el tener y el perder permite el destello. A veces, la ráfaga.

(Saborear la huella.
Abrir la compuerta.
Metáforas gastadas. Inadaptables).

*

En el corazón del viejo Bruselas hay un cine pequeño. Un hombre de extraño bigote blanco reparte las entradas. Las paredes de la sala están tapizadas con una suave tela color de miel tostada. A la izquierda, bajo la pantalla, un viejo piano. Una chica prueba las teclas al entrar. En la pared, a la derecha, la estatua de una mujer voladora ceñida con la cinta de un rollo de película. Atrás, la ventanilla iluminada de la cabina deja ver el proyector. El hombre del bigote blanco coloca la cinta en las bobinas. La magia antigua del cine. Disposición a ser en otro lado, de otra manera. Disposición a ser en otros, a ser otra.

*

Paloma gris y paloma blanca bajo el granizo. Hace un rato era lluvia el agua, ahora, granizo. La paloma gris sigue a la paloma blanca en la cornisa del tejado. Abajo, ante la fachada del restaurante griego, un hombre calvo y sin abrigo poda los arbustos que enmarcan la entrada. A veces, la paloma gris se convierte en el halo de sombra de la paloma blanca. Así también mi vida, en dos tiempos superpuestos, el antes y el ahora, el ahora con su sombra o su resonancia, sus ecos. ¿Cómo dar un paso, en esta ciudad, sin que algo resuene en la memoria? ¿Cómo leer el nombre de una calle sin oírlo pronunciar dentro de mí con el acento de una voz que no es la mía? ¿Cómo ver sin volver a ver? ¿Cómo caminar con mis pasos, ahora? Ando con los pies de mis antepasados; sigo la voz de quien me precedió.

*

La mente como un rompecabezas. Ecos sin referente. El nombre de un lugar en un horario de trenes. Un tanto propio, un tanto ajeno, el nombre se infiltra en la cabeza como gravilla en un mecanismo. Braine-l'Alleud, Braine-l'Alleud... Hasta que de repente, un día, aparece mencionado ese nombre en boca de alguien a quien vuelves a ver después de cuarenta años. La pieza encaja entonces, la gravilla forma imagen. Pero la historia, no; la historia que te cuentan y en la que eres protagonista te es ajena. En realidad la protagonista, toda ella, esa adolescente ya nostálgica e impetuosa, contada en cualquiera historia, te sería ajena.

(...)

Le soleil

Ha salido el sol. Place Sainte-Catherine, los paseantes salen en pos de los escasos rayos oblongos. El sol es un bien y los belgas saben aprovecharlos. Nunca les pasa desapercibido un día soleado. Un día espléndido, dicen, y su constatación es su saludo.
Las viejas casas de la plaza reproducen, en el imaginario, el esquema de los dibujos antropomórficos infantiles: el aguilón es el tocado y la frente, las ventanas, los ojos, la puerta, la boca. Dos pisos y un ático abuhardillado.
Las personas no pasean, pasan. Todos van hacia alguna parte llevando una bolsa, de plástico o de deporte o una mochila, un maletín, o un objeto envuelto, van o vienen de alguna parte. Los adoquines cumpliendo su función de suelo, sosteniendo. Mientras, en algún lugar, una vida se acaba o se resiste, alguien desespera, alguien es herido y otro hiere. Una mujer anciana pasa con un abrigo malva, el bastón precediendo la pierna, alargando el paso, demorándolo lo suficiente como para que la mirada pueda posicionarse un poco más allá. En alguna parte, en tierras sureñas, las hojas nuevas habrán brotado e invadirán la sombra los insectos. Libre de nostalgias por un instante, vuelvo a ocupar mis huesos y mi propia mirada. Por un momento desprovista de voces ajenas, me arrogo un lugar propio en esta ciudad y acojo, en esta propiedad, los pasos más antiguos, integrados en mí quienes me precedieron, siendo ese mí, ahora, no otra cosa que el cúmulo de gestos que sumándose convergen en la trayectoria que cumplo con los míos.

*

Tan poca cosa, una vida, apenas un aleteo y el gesto tantas veces repetido, del insecto que busca perpetuarse.

Como una niña tratando de volver al hogar con las manos heridas a sabiendas de que el hogar ha desaparecido.

*

Cansar los recuerdos hasta que se vuelvan familiares. Cansar la mirada en el objeto hasta agotar su reconocimiento. Sofocar el destello con la presencia. Desmontar el mecanismo de retroceso. Intervenir para que la imagen presente no vaya en busca de otra anterior para ser aprehendida en pasado. Interferir la representación. Sin embargo...

estos árboles desguarnecidos, estos ramajes surcando la neblina y sosteniendo el paisaje, estos campanarios, el agua en los canales o inundando las zanjas, un caballo brabansón, lanudo y sólido, en el prado, los campos de trigo rasurados, la tierra grasa volcada en terrones por el arado, el color verde y el gris de camino hacia Brujas y a veces, ese rayo de sol imprevisto que alcanza los tejados e ilumina la fachada lateral de algún caserío, todo esto, ¿Cómo no seguirlo reconociendo? ¿Cuántas veces habré de volver para por fin poderlo ver sin volver a verlo?

*

Escribir para no perderse. Como punto de apoyo. Relatar para controlar. Para no perder. Para no perderse. No tanto. Repetir en lo escrito los gestos, decirlos, decirse. Para tener constancia. Para recuperar.

Escribir para dar cuenta, con puntilloso análisis, de los hechos -¿los hechos?

Escribir ahora para desligarse. Para despedir a la niña que no halló cobijo seguro. Escribir para desprenderse de ella, dejar de llevarla adherida siempre al mí que sin ella podría renovarse en cada etapa.

*

Cansar las piedras hasta dejar de saberlas. Como quien repite una palabra hasta que su sentido se pierde, convertido en un sonido continuado, inequívocamente actual. Reemplazar la memoria por el gesto espontáneo y las urgencias del momento. Sobre-ponerse al antes. Otorgarle peso al instante para hacer más liviano, más llevadero el pasado. Nunca volver a urdir la trama.

*

En el Archiduc, un lugar de moda en la rue Dansaert en el que, en tiempos de la ocupación, aficionaban a encontrarse en los nazis, las lámparas rojas esparcen una luz amable. Las conversaciones se confunden en un mismo flujo, un mismo repique de señales cotidianas que repiten lo vivido duplicando la existencia en un tan desenfrenado como inútil esfuerzo de refracción.

Vano intento de la conciencia por aprehenderse entre todas.
Decir para ser, para ser más.
Dar constancia de los actos en las palabras, ponderarlos: otorgarle peso a lo que uno siente demasiado liviano como para que pueda representarnos.

*

Algunas veces, ya muy pocas, al asomarme a la ventana reparo en las zapatillas colgadas del cable. Ya no veo en ellas la huella de un hombre sostenido sobre el vacío. Han venido a formar parte del paisaje, como la inclinación de las mansardas. Demasiada inmovilidad para formar historia. Para que algo pueda contarse debe operarse un cambio. Nada puede decirse acerca de lo que permanece igual a sí mismo. Bien es cierto que pocos temas han dado tanto que hablar que aquel que tiene a Dios como protagonista. Cierto es, también, que la teología es pura redundancia y que bien poca cosa hubiese podido añadirse a la enumeración de los atributos divinos de no ser por las historias con las que se ha confeccionado el canon bíblico. Historias de una unidad escindida. Todo divorcio (y el de Dios y el mundo es evidente) da que hablar.

*

Un temblor recorriendo la piel.
La piel envejecida.
Inmovilidad transida. El sonido de los neumáticos atemperado por la irregularidad de los adoquines.
Luego, el cansancio, tan denso y regular como la luz grisácea sobre la que se recortan -¿o es a la inversa?- las chimeneas y las vértebras de los tejados.

Por suerte, está el zinneke. Una oreja más levantada que la otra, la cola en alto, con aire indolente, relativizándolo todo.

***

Han pasado seis meses desde que terminó aquella estancia para la memoria. Hoy vuelvo al mismo lugar. Las zapatillas siguen bamboleándose del cable, pero ya no están solas, las acompañan unas botas deportivas de lona roja. Una grúa amarilla reemplaza a las palomas sobre los tejados. Los visillos de los niños, enfrente, están cerrados y quietos. El cielo tiene hoy la tonalidad que acostumbra a tener en esta tierra, un gris blanquecino, y tan compacto como los edificios, ligado a ellos como están ligadas, por naturaleza, las cosas pintadas en un lienzo, compartiendo solidez. Algo de mí se reconoce en ello, algo de mí retorna y se acurruca, un cierto líquido amniótico, la grisalla como querencia. En ella, el latido se acompasa, y el sonido de neumáticos, intermitente, sobre los adoquines, me tranquiliza, asegura el mundo, me adormece.

Chantal MAILLARD

Este texto se redactó en el mes de marzo 2006, en una estancia en la casa para residentes de la organización literaria Het beschrijf, en Bruselas y se completó en la residencia de la Villa Hellebosch, en Vollezele (Brabante). A los miembros de la organización va mi agradecimiento, por su entrañable acogida y su amistad.

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Translation

Engelse vertaling opgenomen in Writing away from home, international authors in brussels, cahier van Het beschrijf verkrijgbaar in de boekhandel.

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Villa Hellebosch
18.09.06 > 7.10.06
Passa Porta
27.02.06 > 27.03.06

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