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Guadalupe Santa Cruz

Biography

Guadalupe Santa Cruz (1952) is a Chilean writer and visual artist. She was born in the United States and studied philosophy and graphic arts in Chile and Belgium. Santa Cruz is the author of four novels in which she sketches local Chile. Her style, in which time, movement, and the relation between narration and topology are central concerns, has been called ‘geographic writing’. Plasma, her latest novel, was awarded the Premio Atenea for the best Chilean work of literature in 2006.

Santa Cruz teaches workshops on literature and culture, and writes regularly on contemporary Chilean art. Her essays have appeared in books and magazines in South America and in Europe.

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Authors' text

MAPA DE AGUAS DE UNA MEMORIA

Se aloja a pocos metros del itinerario que sigue el cauce subterráneo de la Senne. Por la ventana del departamento ve caer la lluvia. El cielo se agacha pero el suelo de adoquines brilla azuloso, sube. Es la parte baja de la antigua Brucsele, allí donde todo fue pantanos, brazos de riachuelos, ríos navegables, puertos, construcciones sobre pilotes.

Al mapa callejero se superpone el mapa cambiante del cielo, nubes amarillentas, grisáceas, rosadas que se arrepienten de sus formas en cuanto ella pestañea. Un manto cubre a ratos la ciudad, recuerda entonces el viejo ejercicio de aguzar la vista, dilatar el fuego de la pupila hasta imprimirle contraste a la fotografía pareja que envuelve a los objetos, aumentar el grano que arranca del gris los grises incandescentes. Recuerda la tenue emoción de una media luz que embarga al cuerpo cuando la mirada se demora.

En el sueño su condena es una cárcel dorada. Una pequeña construcción, cuadrada y antigua, semejante a los Pavillons d'Octroi, pesados bloques que se ubicaban a cada costado de las diferentes puertas de entrada a la Brucsele medieval, unidos por rejas o una cadena. En ellos la ciudad cobraba por el ingreso de ciertos productos un impuesto -el Octroi, contrario a la promesa que encierra esta palabra, Otorgamiento. El sueño sabe que ese nombre, traducido literalmente a su idioma como Pabellones de Otorgamiento, es paradójico, tanto como el lujoso cautiverio que le está destinado, con paredes y muebles tapizados de terciopelo verde, pesadas cortinas y una atmósfera palaciega.

Escucha el temible borboteo de las aguas de la Senne, amplificado por el eco de la bóveda, detrás de una puerta en la sala subterránea del Museo de las Cloacas. La puerta ha sido clausurada por el desprendimiento ocurrido en un tramo con las crecidas del temporal, días atrás. El museo se encuentra en uno de los dos Pavillons d'Octroi ubicados en la Puerta de Flandes. La Senne, que hace parte ahora del sistema de alcantarillado de Brucsele, corre en el piso inferior y puede ser visitada en un trecho, iluminada y con barandas de resguardo. Los guardias, el día de nevazón en que visita el museo, matan el tiempo haciendo bromas entre sí. Con ellos ha sido posible hablar del último maremoto en Chile, de las aguas como golpe que ella trae adheridas a la espalda.

Sin aviso las nubes se ensombrecen y descargan, vuelven a brillar los adoquines. Agua, agua a mansalva, a cántaros, a granel. Agua por doquier: se enreda en la humedad de las pozas de lluvia, del paraguas, de las pescaderías. Agua en los nombres de muelles en las calles Muelle de los Ladrillos, Muelle de la Hulla, Muelle de la Madera para Construcción, Muelle de la Madera para Quemar, Muelle del Heno, Muelle de las Piedras de Talla, Muelle de la Cal. Indicios de ausencia que este ojo se acostumbra a descifrar: en el rectángulo de la explanada que separa dos fachadas de inmuebles hubo antes un fondeadero para las naves y sus afanes.

En la calle que lleva nombre de mercado hubo cerca un fondeadero, como la calle del Mercado de los Puercos, o la Plaza del Antiguo Mercado de los Granos, donde se aloja.

La calle curva fue un lecho de agua.

Beek fue agua. Nombres compuestos a partir de un riachuelo, nombres de barrios, de comunas, Molenbeek, Schaerbeek, Etterbeek.

De tanto escudriñar este ojo los huecos rectangulares del barrio para dar con los fondeaderos, al ponerse de noche horizontal cree percibir, paralela a la línea de la sábana, varias hiladas de piedras o ladrillos en traba, rectangulares y livianos: un murillo. El murillo no tiene peso. Los bloques que lo conforman son un poco más alargados de lo ordinario, como un dibujo que se esbozó a la rápida. Luego este murillo podría ser un collage, y en vez de bloques serían fotografías apaisadas, dispuestas en traba como un trabajo de albañilería, que continúa la sábana sin agregarle carga, y bajo la cual es posible cobijarse.

En las antiguas fotografías que hojea, las aguas de la Senne están contenidas entre grandes paños de ladrillo. Cada uno de esos ladrillos hace el trabajo de abrazar el agua. Le dijeron que a pocos metros del departamento, en el patio de un restorán de la Plaza St. Géry, se puede ver un pedazo de la antigua Senne. Hay una bóveda, columnas, un muro de ladrillos -parchado con ladrillos más recientes, que carecen de musgo- y aguas que permanecen quietas, estancadas donde mismo, sin historia.

No es la Senne, le dijo otra persona, es solo un lugar por donde corrió la Senne, pero no son las aguas de la Senne.

¿Cuándo deja un río de serlo? ¿Y cuándo pierden su nombre las aguas?

El canal de Willebroek, terminado en 1561 y excavado para rectificar la navegación sinuosa, antojadiza y empantanada por la Senne hacia Antwerpen (al desembocar en el río Rupel, antes que este se echara en el Schelde/Escaut, las arenas -las mismas arenas extraídas en esos tiempos para fabricar vitrales-, hacían encallar los navíos), se nutre de las aguas captadas desde la derivación de la Senne hasta el siglo XIX, pero no lleva su nombre. Luego será reemplazado por el canal de Bruselas-Charleroi, que se nutre de los ríos la Samme y la Sambre, incluso de aguas extraídas de los lagos de l'Eau d'Heure -Agua de Hora-, y tampoco lleva sus nombres.

Los ladrillos eran fabricados en el pueblo de Boom, río abajo -en aval- de la Senne. Pero también había arcilla aquí, en Molenbeek. Uno de sus barrios lleva el nombre Karreveld y se sospecha, dice Roel Jacobs, que viene de karreel, antigua palabra flamenca para ladrillo.

Antes, en la Brucsele medieval arrimada a la Senne, el agua creó muchas palabras, sexenen para extraerla, borre para distribuirla, poelen para almacenarla, sauvoirs, savoren, cuando el agua hacía de despensa, escribe Chloé Deligne, para los peces de río en los patios de las casas pudientes, mantenidos en vida antes de su consumo para las numerosas fiestas de guardar religiosas; Borgval para nombrar un lugar protegido del agua por diques. Nada pudo, después, contener las crecidas de la Senne. Eran lluvias, pero eran también aguas tinturadas, aguas cerveceras, aguas curtidas, mezcolanza de oficios y manufacturas con desechos domésticos. Luego, cloaca a cielo abierto, corriente mortífera de pestes. Brucsele la embovedó.

Los molinos, primero, y luego los molinos. De agua. Las máquinas hidráulicas. Las esclusas. Los ascensores. Los planos inclinados. Ruedas, escalas, palancas, torniquetes para recoger esa fuerza, para distribuirla, equipararla. Para no volver atrás, a los pantanales que dieron su nombre a esta ciudad -Broek-zele, en neerlandés medieval, y Bruoc-sella, en celta, comparten la palabra-raíz pantano-, a esas aguas acenegadas en lo bajo del valle, cuando la Senne y sus brazos corrían sin atajo, y el Maalbeek, junto a otros riachuelos, se escurría por la pendiente de los cerros. (Ella ha podido aquilatar ese desnivel al emerger bruscamente el Metro desde el subsuelo a un asombroso mirador sobre el centro de Brucsele y, poco después, en la llamada Plaza Altitud Cien, ubicada en las alturas de St. Gilles). Abovedada la Senne bajo la ciudad, su torrente se volvió invisible. Pero basta levantar unas chapas de hormigón -solo una grúa puede hacerlo- para acceder a su rápido cauce bipartito, basta asomarse tras el Car-wash de una bencinera adosada a la línea férrea, en la rue des Vétérinaires/Veeartsenstraat, para ver su forzoso y arremolinado descenso bajo la superficie de las calles y las construcciones de Brucsele. El ruido de las partículas bruoc, broek, queda enganchado a ese remolino acuoso aspirado con fuerza hacia el fondo, hecho espuma en la blanca revuelta de su precipitación, bruoc, broek, entre las varas metálicas de la reja de contención de basuras y ramas sueltas antes de la caída y el torbellino, broek, bruoc, entre los dientes de la larga horquilla para remover esas basuras-obstáculos, posada casualmente sobre el puente de concreto al que se arrima la reja. A pocos metros siguen sucediendo los trenes desde y hacia la estación Gare du Midi/Zuidstation, el ruido mecánico del agua impulsada por la manguera en el Car-wash, el tráfico de vehículos.

Busca las aguas enterradas en esta ciudad, pero con esas aguas se agitan otros brazos, derivaciones incesantes que no es posible fijar. Tampoco huyen, son solo estampidas, estampas que se filtran en el paisaje que se va erigiendo día a día a su alrededor. No quiere dejar que escape esa tenue modificación de la perspectiva frente a un lugar nuevo, el modo en que se van usando sus valores, sus aristas, cómo conservan su nitidez primera o se desgastan los objetos en el recorrido que se repite sin que se repita el mirador, sin que cada travesía acarree nuevas distancias, iluminaciones levemente trastornadas por este ojo que se deshace en su contacto.

No olvida que al volver una vez a Lîdje sintió que las piedras azulosas de las viejas construcciones en la calle Féronstrée se desmembraban horizontalmente sin caer. Avanzaban, asomándose a la vereda y volviendo luego a su lugar, iban y venían como lonjas amovibles de roca despertadas por su paso hacia lo que había sido la casa de Esa historia. El movimiento, el dolor físico, pertenecía a la ciudad.

¿Cómo eran los nombres de calles de Esa historia? Podría proponerse un mapa de aguas, este ojo. Pero un mapa de tiempo no se deja anotar, tiembla, despedaza el espacio.

Por las noches sueña en más pequeño, todos los cuerpos aparecen disminuidos, vistos desde la distancia, como las panorámicas de Bruegel. Uno solo está cerca, tan cerca que la abraza desde atrás.

Esa historia fue antes de la escritura, recado para escribir, por escribir, y las palabras deben traducirse hoy hacia lo no escrito, derivar desde esa ausencia de escritura lo que era este ojo antes de escribir, sentir que sin palabras el cuerpo no se sostendría ni los ojos la vista.

Esa historia una lengua la conoce demasiado, de esa demasiada lengua es la historia Esa historia, su lengua, conoce en sí una lengua, la historia Esa.

Brosella, Bruohsella, Brusela, Brucsellae, Bruxella, Borsella, Brusella, Bruesselle, Brouselle, Brusela, alcanza a anotar de la larga lista de apelaciones de la ciudad que le muestran registrada en un libro. Durante siglos se escribió como se escuchaba, y las voces cambiaban. Los orígenes etimológicos difieren según la versión neerlandesa y francófona. De tanto nombre girado en lengua, se queda con Brucsele. Aunque el sonido Brussel tiñe de otro modo el espacio habitable, se hace más grueso su lugar en la boca y en el pincel, parece brotar de una pintura de Bruegel (¿por qué Brueghel retiró la "h" de su nombre en el año 1559?), del acento con que Lisa Stroeken pronunciaba el nombre del pueblo "Herentals" (¿por qué Herenthals ya no se escribe con la segunda "h"?), esa extraña familiaridad entre la "r" en flamenco y en castellano con esa otra extrañeza familiar que, en pleno francés, provenía para Lisa Stroeken de su pueblo, Sichen, de allí provenía esa "r".

De Sichen, Sussen, Bolder eran los padres en Esa historia. Él había nacido en Lîdge porque la madre, Lisa Stroeken, y sus hijos seguían las obras de construcción hidráulicas de la empresa donde su marido, Jacques Wirix, trabajaba como contador. En Lîdge la empresa Laboremus reconstruyó una y otra vez el Pont de Fragnée, bombardeado por los alemanes y por los aliados. El puente era un blanco estratégico, allí la vía férrea cruzaba el río la Meuse hacia Alemania.

Después de la guerra lo íbamos a visitar a su oficina en una chalupa sobre la Meuse, le había contado él.

Antes de Lîdge, antes de su nacimiento, habían habitado Antwerpen, Jacques Wirix trabajaba en la reparación de un muro de la esclusa marítima Royers Sluis. Luego Herenthals, por los trabajos de Laboremus en el Canal Albert. Después de Lîdge se habían mudado a Arquennes, la empresa construía las zanjas de reparto -tranchées de partage- entre las aguas de la Meuse y del Escaut. En Nivelles se quedaron, Lisa Stroeken rechazó otra mudanza con los hijos y Jacques Wirix se fue solo a trabajar a Genk y luego a Charleroi.

Él, el menor de los hijos, cuando pudo, regresó a Lîdge -así lo contaba- a comenzar su propia vida.

Siempre y en todas partes vieron tabla estacas metálicas, apiladas o clavadas en las aguas como muro de contención para las obras. Toda su vida escucharon la palabra "palplanche", tabla estaca. Aguas, siempre aguas en obra. Por represar, por encauzar, por conducir, por derramar.

En Brucsele la pasan a llevar las lenguas. No solo corre una por encima de cada hombro, sino que los labios están llenos de agua y las muecas flotan por detrás, en amont, río arriba, unas formas ahuecadas que quieren pronunciar vocales sacadas de aquí, de la conversación que escucha sin comprender en el Metro, del espacio que hay en blanco entre los dos nombres, las dos apelaciones de la bilingüe Brucsele sobre productos, paneles publicitarios, placas de calle y mapas.

Se deja anegar por esta partición del espacio-lengua en que para cada calle hay dos nombres, dos encontrados nombres para una plaza, para una avenida, para un muelle. Dos palabras, dos narraciones en un mismo lugar que no se escinde más que en el orden de los términos: la historia, cuando solo puede ser recogida en el orden secuencial de una página.

Hay una calle y dos nombres.

Dos bóvedas -pertuis- para la Senne enterrada bajo Brucsele.

En Brucsele hay más de una lengua. Hay más de dos. (Escuchó la canción árabe que canturreaba el hombre del asiento de atrás contra el vidrio del bus 71, le llegaba cerca de la oreja ese canto que entonaba en voz baja).

Por eso este ojo queda atascado en la calle Aa de Brucsele, en el muelle Aa: Aastraat/rue d'Aa, quai d'Aa/Aakaai. Aa, la repetición del inicio del alfabeto.

Otra lengua desconoce lo que hubo de lengua en Esa historia antes de la escritura, la suya, que se diluye para arrimarse a un lugar. Esa lengua sin escritura puede ser despertada por este doble bullicio y su sordo embate, por este rumor de lenguas en cuyo lindero se entume al agitarse ese espacio dejado en blanco entre los dos idiomas, ese interlineado que este cuerpo ensancha para ocuparlo y deslizarse por una quebrada, una garganta.

Navega por internet en busca de los nombres de las esclusas. Solían enumerarlas para los barqueros al inicio del noticiero de la radio, informando el nivel de apertura de cada una. Las esclusas estaban sentadas a la mesa de Esa historia, en el desayuno o el almuerzo, la radio posada sobre el refrigerador.

Era hablada en francés, la lengua de él, Esa historia. Introducía en la lengua ese intervalo que despierta las distancias de las que está hecha la lengua, no solo écart -trecho-, sino écartellement -desgarro-, traspaso a la lengua ajena del indiviso e ilusorio uno, mientras el cuerpo se desprende de su propio recuerdo, olvida la separación que es en sí mismo actuándola en un paisaje extraño.

Desliz que en su corrimiento deja una mácula, una estela.

De ese apartamiento está teñida Esa historia. No es de uno al otro. Son las esclusas -la palabra aparece entre los sinónimos de "separación"-, las esclusas y su tiempo, el transvasije de aguas para mantener su curso, el de los cuerpos ahora, en la lengua que los abrazaba y apartaba. Una lluvia fina, una garúa.

Disperso borrador de la escritura por venir.

No solo, más tarde, la muerte de él, ese vacío que no pudo ser ocupado sino por el silencio de las palabras sobre papel. También entre lenguas el silencio, y la mudez propia ante la lluvia contra las ventanas, de la casa en alturas, del Café, del auto.

Ver a través de esas gotas, de esa cortina. La iluminación artificial de los recintos es la luz mayor, de día, y a las cinco de la tarde, cuando ya es de noche, los comercios con sus vitrinas se vuelven más diurnos que el sol. De luz en luz se desplazaban en Esa historia por la campiña húmeda, atravesando una y otra vez ríos y riachuelos -l'Ourthe, l'Amblève, la Vesdre- en las curvas del camino hacia un bar que sirviera la cerveza producida en ese pueblo, turbia y densa como el tiempo tras el ventanal, como cayendo en el tiempo replegado de la copa, hacia adentro, embudo invertido. Agua bajo los pies, al igual que la soterrada Senne, en los puentes -la pequeña placa a un costado con el nombre de este curso se fue estampando detrás de este ojo-, y agua por los flancos, vertical u oblicua. Uno la bebe en la copa de cerveza morena, Chimay, en el pueblo de Chimay, Orval, en el pueblo de Villers-devant-Orval, Trappiste Rochefort, en el pueblo de Rochefort, y quisiera poder leer bajo el agua en esa diminuta pileta de un líquido que puede ser negro, rosa-rojizo, ambarino, según los cerveceros, leer palabras que puedan decir más tarde algo arrojado por esa tromba y la quietud del líquido temperado en la copa.

Este ojo logra dormir cuando sueña. Ya no persigue, es él perseguido por imágenes fuera de tiempo que le dictan la oración -the sentence.

La cama tiene a un costado la palabra "puente". Al otro, la palabra "canal". Debe girar de un lado a otro, hacia la enciclopedia de cada una de estas palabras. En el sueño el lecho está tranquilo, en orden, no como otra noche en que debe bucear por un marasmo de páginas, libros y cuadernos, para llevar a cabo una tarea imprecisa. Ni aquella de la cama como marejada en que sobresalía una palabra, Mestdagh, entre otros vocablos que manoseaba el sueño. Mestdagh, el supermercado del que le hablaba siempre Lisa Stroeken. Pero en el despertar se da cuenta que debajo de Mestdagh se disimula la palabra Mestback y las imágenes que han enganchado a este ojo: el depósito o estanque del estiércol en la antigua Brucsele, basural cuyos contenidos eran trasladados luego en chalupas por el río hacia la Granja de los Barros que los transformaba y vendía como fertilizantes para el campo. Bajo el destello familiar y cotidiano de la mercancía, la añosa inmundicia y su reciclaje. Bajo lo nuevo, lo podrido.

Quiere descubrir otros tramos por donde sucede la Senne a cielo abierto: desde la calle Bollinckx, desde el bulevar Papsen, le han dicho; desde el puente Buda, ha leído. Pero se emborracha en el juego de ampliación y reducción que debe hacer de las aguas contempladas, buscando la feble línea azul cartográfica que discontinúa la Senne entre las vías férreas entrecruzadas de la Estación de Mercaderías de Forest, luego, hacia el norte, entre las líneas férreas entrecruzadas de la Estación de Formación detrás del Incinerador de Inmundicias, próxima a la Estación de Schaerbeek. Si se acerca, distingue el lugar exacto del mapa donde puede encontrar la Senne, pero pierde el recorrido. Si se aleja percibe más nítidamente el trazado azul, pero deja de saber cómo llegar a él. Si ausculta el mapa de los transportes de Brucsele, el número y el tipo de máquina que puede llevarla a esos parajes y sus posibles estaciones están dibujados sobre zonas blancas, acentúan solo las grandes arterias de cada barrio.

Lagunas que remedan otras lagunas.

Un lecho desaparecido, un lecho intermitente, es una frase por completar cuya intriga se reparte por varias palabras. Y las trazas ondulantes de la Senne se mimetizan con las trazas ondulantes de los raíles, una partitura enrevesada de voces que parecen estrecharse, pero cantan en direcciones divergentes.

Brucsele, Bélgica, es un entramado obsesivo del deseo de conexión, densas mallas fluviales y ferroviarias achuran la superficie como si las localidades quedasen a distancias siderales. Y quizás sea así. Están cerca y tan apartadas. Una historia demasiado densa en cada localidad. Lengua mucha. Distinta, distante.

Su lengua, como antes de la escritura, es una distancia sin nombre. Escribe para acercarla. Pero entonces calza con el momento, le hace violencia a este cuerpo, a su tiempo. Vuelve a recordar los pasos en el piso superior del vecino en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Vuelve a escucharlos. No es la escucha de esos pasos lo pavoroso, es la escritura de ese sonido mientras sucede, (escribe ahora para librarse de ese tiempo sin eco, preciso como un filo que dispersa las palabras, que recorta su temblor).

No irá a Lîdge. Desde las aguas no hay plano inclinado que remonte esta vez su peso por esa profunda falla. Quedarán allá las calles donde se desprenden piedras del muro cuando sucede por ellas este cuerpo, quedarán en Lîdge los pájaros belgas. Cuando los pájaros no eran escritos, no lo eran en la lengua de hoy. Pájaros remotos que no desaparecen, se reproducen y multiplican llegando hasta hoy, lo sabe.

Irá a Antwerpen y se sentará en la ribera del Schelde.

Irá a Oostende y contemplará el mar de frente.

Irá a Arquennes a conocer el camino de sirga desde donde él se cayó al antiguo canal Bruselas-Charleroi cuando pequeño. Nunca se lo mostró. Tampoco la casa del pontanier -pontanero-, junto al puente giratorio ahora inmovilizado, las maderas de su pivote descompuestas en el agua.

La aflige no ya su ausencia, sino el tiempo, la medida del tiempo. En todo lo que ve, entre los objetos, se frota algo que es el tiempo: la garita en el andén 12 de la Gare du Midi/Zuidstation, las trenzas teñidas de rubio de la niña africana, los paneles informativos, el perro del ciego.

Un hombre va caminando junto a un canal.

Aguas, solo aguas.

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2.01.12 > 27.02.12

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