calendar

 

Román Antopolsky

Biography

Born in Buenos Aires to an Eastern European immigrant family, Román Antopolsky (1976) grew up speaking Russian and Spanish. He studied Philosophy at the Universidad de Buenos Aires and Fine Arts at the Instituto Nacional del Arte.

He has published three books of poetry and one book of prose, and his translations of literature and philosophy from various languages have appeared in journals across the Americas. His own writing has been translated into English and Portuguese.

His paintings and ink drawings have been exhibited online and in venues in the United States and South America.

 

www.antopolsky-roman.net

 

 

Top

Authors' text

Pasar la puerta

El anonimato es como un día soleado en la Antártida: el brillo ardiente sin velo del sol junto al frío glacial de la superficie que pisamos y vemos; presentimos la ilusión pero no sabemos a cuál adjudicarla. En la gran ciudad esa experiencia a menudo ocurre cuando dejamos nos atrape el movimiento. La espontaneidad individual coincide con la del medio. Hacemos las paces con nosotros mismos. Y en particular, con lo que en nosotros intuimos no es nuestro. Caminamos y en el acto somos llevados. Hasta que vemos que vamos, solamente. Todos y nadie alrededor. Si fuésemos escritores nos detendríamos a ver todo más de cerca, a tomar nota. A movernos con la pluma: a mover la pluma, modelar la espontaneidad pero cuidando de no quemar puentes.      

Pero no todos somos escritores. Muchos tan sólo llevamos la vida que cualquier otro habrá asimismo de llevar. Lo cual a su vez nos lleva mucho tiempo. Pero cuando nos sobra algo de ese tiempo, ese margen pequeño en la semana en que uno pueda darse a la deriva y aún no sentirse parte del mecanismo, ese instante de tiempo libre tan valioso como vacío de contenido, allí estamos nosotros: allí perdemos el tiempo, nos perdemos en él; se nos escaparán los artilugios del escritor, pero nuestra vida ordinaria se hace igual de distante. Nos sentimos nosotros.                

Así fue el caso de Ismael Ímaz, quien se hallaba de viaje en Holanda. Viaje no de placer sino como miembro de una tediosa comitiva. El viernes, tras que la semana laboral cediera, Ismael salió a tomar aire fresco. En lugar de entrar a un café, caminó.                

Qué pensaba Ismael cuando apuraba el paso o de pronto decidía sentarse en un banco vaya uno a saber. Se hallaba tan perdido en la ciudad como en los devaneos de su mente. Pero La Haya es pequeña, y no le tomó más que hora y media para volver a encontrarse con edificaciones familiares. Errar así se hacía repetitivo. En su ciudad natal los recursos para evitar tal problema los hallaba en actividades a que abocarse inmerso en sitios familiares; leía, iba al cine. Pero sin nada a mano en La Haya, aunque gozando de plena anonimia, pensó que no estaría de más hacer algo más. Caminar entre desconocidos está bien. Pero algo más, otra actividad; quizá la haya en La Haya.                

Ismael vagaba por el palaciego barrio de Bezuidenhout. Se interna por la calle Theresia. Pronto ve que el elegante edificio ubicado en la esquina hacia la que cruza anuncia Prins Willem Alexanderhof como nombre del callejón. Oye voces. Se acerca al tumulto. Nota que la gente vestía de un modo especial. No se trataba de una ceremonia de gala aunque el evento parecía de cierta envergadura. Perdido entre las calles ya no era suficiente, entre gente podía aun encontrarse con experiencias nuevas.                

Como desconocía el idioma no supo qué clase de evento era al que todos entraban. Se hallaba anunciado con carteles a ambos lados del corredor que llevaba al salón. Había también fotografías en varios tamaños de una misma persona. La persona por quien ese evento era llevado a cabo, pensó Ismael. Llegó al final del corredor, veía la sala no muy grande con varias hileras de asientos improvisadas. Se trataba de una galería, podía ver. Y también que el hombre de la foto estaba en la sala, rodeado de gente; hablaba con entusiasmo. Alguien pasó a su costado empujándolo apenas para darse vuelta de inmediato y disculparse. Ismael emitió un gesto dando a entender que una disculpa era innecesaria. El otro le puso su mano izquierda en el hombro y con la derecha señaló hacia la puerta en inequívoco ademán de dejarle el paso. Ismael asintió y pasó a la sala.

Se encontró con un grupo de gente animada al parecer toda por el mismo deseo de acercarse al que se veía en las fotografías y saludarlo calurosamente. Muchos se conocían ya. Al momento de tomar asiento se encaminó hacia las hileras ubicadas en la mitad trasera. Con prudencia eligió sentarse donde no confluía la multitud o donde vio los focos de luz intensa eran menos pronunciados. Se entregó, como quien dice; se dejó llevar. La situación aún así no dejó de sumirlo en cierta inquietud. Cuando no miraba a los costados para observar cómo los demás hablaban o se movían reparaba en dónde se hallaba y lo sobrecogía una sensación de vértigo. Ahora no estaba perdido en las calles, ni siquiera entre gente, erraría en una lengua que no conocía. Un orador se aproximó a la tarima. La audiencia terminó de acomodarse e hizo silencio.

 

La presentación fue breve y concisa. Ismael comprendió por el tono ligero que el de esa noche sería un evento, aunque suntuosamente preparado, informal. Aplaudió uniéndose a la general ovación que efusivamente recibía al homenajeado. Digamos que hasta por momentos lo hizo con fruición.

Desde su asiento lo veía hablar y hablar. Entregarse a ese contexto sin ser parte de él le pareció más que grato. La medida inmediata fue sumarse a las risas. Que no hubo pocas. El orador era muy gracioso o al menos así todos se esforzaban en hacerle entender. Ismael reía con un candor difícil de poner en duda. Entregarse a la risa general le resultaba tan espontáneo como a aquellos que rompían a reír apenas pronunciada la broma. Y comenzó a improvisar en el reír. A veces lo hacía llevándose la mano a la sien, a veces meneando la cabeza. Por momentos se daba una palmada ligera en la rodilla y empezaba a reír como sorprendido. Se incorporaba. Intercambiaba una mirada furtiva con alguien en la sala.

Cuando la gente no reía tendía a mirar en dirección oblicua. Entonces se centraba en un punto imaginario en una silla adelante y su rostro parecía evocar recuerdos. Asentía levemente. Levantaba la mirada y ahora fija en la claraboya se perdía en lontananza. Un par de veces surgieron aplausos espontáneos entre el público y no dudó en sumarse con los suyos. Un gesto que llegó a ser recurrente fue el de ladear su cabeza hacia el hombro derecho y de a poco girarla como si estuviese diciendo ‘no', con lentitud, acompañado de suaves resoplidos y un movimiento general del cuerpo denotando asentimiento.

El homenajeado llevaba ya una hora larga en sus excursos cuando Ismael sintió alguien le palpaba el brazo. La silla a su derecha se hallaba vacía e Ismael apoyaba su brazo en el respaldo. Concentrado en algún punto ubicado entre la coronilla del orador y el vértice formado por el techo y la pared frente a sus ojos, y entregado con meticulosidad metódica a la alternancia de asentimiento y evocación, el llamado lo tomó por sorpresa. Evitó mirar enseguida. Cuando lo hizo vio que la persona a su derecha intentaba preguntarle algo en voz baja. Una serie de aplausos demoró el llamado, que Ismael prolongó cuanto pudo dirigiendo su mirada al orador. Volvió a arrellanarse. Esperó. No sintió que lo volvieran a llamar. Esperó nuevamente. Miró a la derecha. Su vecino preguntaba algo a otra persona. Respiró.

Se hallaba riendo con exaltación cuando vuelve a sentir el tironeo en el brazo. Su interlocutor había casi ocupado la silla vacía para poder comunicarse con Ismael. Lo miró. Aquél dijo algo. Ismael se arqueó de hombros y meneó la cabeza, y de inmediato volvió a dedicar su atención por entero al homenajeado.

El otro no quedó contento y volvió a dirigirse a él. Ismael dijo repetidamente ‘no' con un acento incierto. El otro lo miró fijo con cara de duda y dejó de preguntarle. Aunque Ismael notó para darse vuelta y comenzar enseguida a hablar con su vecino, ambos ahora señalando hacia él.

Fijó su vista en el orador en la tarima pero no pudo dejar de oír un cuchicheo que venía desde su derecha. Preocupado, perdió la concentración y la próxima risa se le escapó en su inmediatez; la atrapó tarde y se dio cuenta que rio más de la cuenta, ya todos se habían callado y su risotada hasta llegó a oírla él mismo. El invitado sentado delante suyo se dio vuelta para verlo.

Desde la derecha todos lo miraban y su primer interlocutor volvió a dirigirle la palabra. Ismael no supo sino preguntar tímidamente si hablaba inglés. El otro echó una sonrisa socarrona y volvió a hablar. Pronto todos a su alrededor centraron su atención en él. Algunos le hablaban, otros reían. No tomó mucho a Ismael entregarse al pavor que lo sobrecogía, y entonces ponerse de pie y huir tan rápido como fuera posible.

Los detalles de cuanto prosiguió ya hablan por sí mismos: un tropiezo, el olvido de su abrigo, la dificultad en abrir la puerta. 

Top
Passa Porta
27.05.13 > 24.06.13

Bookmark and Share Back